La mente nebulosa de un amanecer prematuro

Hay una manera de quitar el hambre de pertenecer, de destacar, yo aún no lo sé.


Silencio

Hay una sensación que apaña mi necesidad aplastante de sobrevivir. Se siente húmeda, se aferra con desesperación a mi piel haciendo que esta se vuelva viscosamente asquerosa. La ropa que viste los vestigios de mi adolescencia son simples harapos, deshilachados, sin color, pero que aun así no logran quitarme de la vista de los pervertidos que entran por la puerta, mirándome sin vergüenza.

¿Qué pensarán sus esposas? ¿Las chicas en su familia que tendrían mi edad?

Yo no lo sé, a mi me daría asco, aunque el pensar en que son hombres hace que me espere cualquier barbaridad por su parte. Venir a un burdel no se compara con cualquier otra cosa que podrían hacer, como dice Doña Lourdes, justifican su visita con una necesidad de carne que se sacan de quién sabe dónde. De la panza tal vez.

¿Cómo te sientes? – la pregunta cautelosa que me regaló Sofía hizo que tuviera que pensar, pero hacerlo me dolía, así que la miré al encoger mis hombros, implorando que ignorara el temblor de mi cuerpo.

Hoy era mi mentado ‘debut’. Me parecía algo completamente iluso llamar así a la presión imposible a la que se sometería mi cuerpo, hoy sentía que mi nombre se evaporaba. Lo importante a partir de este momento, era lo que la ropa escondía con recelo y un pudor que ahora ya no tendría sentido. Decidí sin decidir estar aquí.

Mira la verdad por nosotras no te debes de sentir mal– Sofía sermoneó, agarrando mi mano para comenzar a arreglarme. Su toque delicado contrastaba con la fuerza con la que hablaba- ¿No sabías que las putas y las amas de casa son las que mantienen en pie este mundo? Aunque este ni sirve.

Comenzó a decir sandeces entre dientes, con una rabia que parecía contenida por los años. La abracé, callándola por un momento ante el movimiento repentino.

Sus brazos se enredaron en mi espalda como lianas de flores en pared, y el beso en mi frente se sintió como la lluvia en primavera, esa que cae de sorpresa y refresca la tarde. Sofía para mí era eso, recuerdos de cotidianidad que amortiguan. Ni siquiera terminó de maquillarme, nos quedamos así, en silencio por un momento que se sintió reconfortantemente eterno.

Doña Lourdes nos llevó a las siete chicas de la ‘casona’ al recibidor, al parecer había llegado “uno de los pesados”. Estábamos en fila india, con las manos entrelazadas en nuestro estómago, Eréndira nos encabezaba, yo fusioné mi mano con la de Sofía cuando entró un hombre acompañado de otros diez. Todos iban de negro.

Si lograbas ignorar la música, fácilmente podrías escuchar la respiración contenida de más de la mitad, como un acto involuntario donde nuestro instinto primitivo nos suplicaba por huir.

El hombre se quitó su sombrero cuando comenzó a rodear la fila, a algunas les agarraba la cara para observarlas mejor, a otras las tocaba sin cuidado alguno, se pavoneaba con un poder que era robado haciéndonos sentir como su ganado.

Pero todo se detuvo por un momento. Juro que dejé de vivir por un segundo. Sus ojos yo los conocía, su chamarra igual.

Era esa que había sido regalo del tío Tavo en su cumpleaños número quince, la misma que tenía una mancha de cloro en su hombro izquierdo, como recuerdo de cuando intentó lavarla. Esa misma que vestía en la foto que usamos para las lonas anunciando su desaparición. Sabía su nombre, a qué primaria fue, sabía que no le gustaba dormir sin calcetines, que tenía una bicicleta con la llanta delantera chueca y que compartíamos el mismo apellido.

Era mi hermano.

Hace años que no lo veía, se lo comió la tierra de manera tan súbita que fácilmente podríamos decir que nunca existió y todo se trató de un sueño.

Nuestra mamá ya había muerto hacía tiempo, su cuerpo ya no pudo, ¿Qué expresión pondría si le dijera eso en este momento? ¿Lloraría? ¿Me matarían sus hombres por acercármele?

Ni siquiera pude seguir pensándolo más, con un gesto se giró hacia Eréndira -Tráiganme a esa- dijo, ahora un tono grueso consumía su niñez y aplastaba su inocencia. Su espalda era todo lo que pude ver después, mi estómago se sintió ajeno e hizo que me doblara ligeramente, solo Sofía lo notó.

Y solo ella supo de mi encuentro con mi sangre y carne.



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