La búsqueda implacable de, lo que se supone, es la estabilidad.
Hay muchas cosas de las que me arrepiento. Me arrepiento de no haber pensando mejor en qué pan dulce acompañaría mi café en la mañana, en no haberle contestado el ‘buenos días’ al vecino por la prisa matutina, en haberme cortado el cabello hasta las orejas con mis propios medios, en no haberle dejado la puerta abierta de mi habitación a mi gata para que durmiera conmigo.
Me arrepiento de tantas cosas, de cosas insignificantes con impacto de gigantes. Pero nunca podré empezar así mi oración si se me preguntase por ella.
¿Qué tanto vive un ser humano? ¿Un promedio de cincuenta, sesenta años? Me pongo a pensar en los arrepentimientos que resguardamos en el lecho de muerte, y si la mayoría llegamos a la conclusión estoica del “ya qué, si no pasó es por algo” para evitar la amargura en los últimos céntimos de vida. Me arrepiento de todo, menos de la idea de ella, el entender el ‘por qué’ no ha tenido frutos, pero para poder sentir la plenitud y no la pizca misericordiosa de lo que es vivir en paz, necesito saber los ‘cómo’.
La búsqueda de respuestas ha sido inconsciente, casi imperceptible para mi mente ocupada y atiborrada del cortisol rutinario. Creo que la elección de un trabajo de oficina fue hecha apropósito de, irónicamente, no colapsar en las garras de las causas del aburrimiento.
Existen tres grandes enemigos para el adulto promedio, el estrés, el aburrimiento y el cansancio; juntos ya hacen un verdadero problema, pero, en solitario son profesionales para crear ecosistemas favorables para estarte carcomiendo lentamente, hasta que todos escuchen un ruido sordo a sus espaldas para que al momento de voltear, se encuentren con un cascarón vacío de lo que solías ser tú.
El estrés vive conmigo desde hace mucho tiempo, a veces pienso que es hasta mejor que un esposo. He aprendido a convivir con él, y se mantiene callado la mayoría del tiempo cuando lo mantengo ocupado con itinerarios de entregas, de reuniones, de papeleo interminable y códigos sociales para sobrevivir al gélido ambiente del departamento de contabilidad y finanzas.
Pero a veces flaqueo. Me es imposible hacerlo todo. Como justo ahora cuya compañía se fue y me dejó sin defensas, con una cajetilla recién comprada que ya va a la mitad y la invasión abrupta del pasado.
El humo que se desprende de mi boca hace figuras en el techo de la sala, peco de loca al desear que se dibuje su silueta, pero solo me reciben los ojos de la aclamada soledad, la vieja amiga de los poetas, mi mayor enemiga.
Me arrepiento de muchas cosas, bastantes si puedo decir. Me arrepiento de haber cenado mal, de estar desvelándome. Me arrepiento de no haber llamado a mis padres las últimas semanas, y de no haber regresado a casa por miedo a no se qué.
De lo que más me arrepiento sin duda alguna, es de no saber por qué se fue, y de por qué no me llevó con ella. Soy ligera, compacta, mido apenas 160, no como mucho, duermo en silencio. No ocupo mucho espacio, solo hablo lo necesario, me adapto fácilmente. No huelo mal, no creo ser tan fea.
¿Por qué no me llevaste contigo?
2023.09.22 4:33 a.m
Genoveva Díaz del Mar
26 años

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